Un Mundo Feliz: Agnes Obel.

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Mírala. ¿Consigues adivinar su edad?, porque yo no. No hay arrugas en su rostro, pero tampoco su tez es cálida o sonrojada. Será que el viento frío no ataca el cutis igual que el incisivo sol. No curte. Unos ojos color azul gélido que no mienten sobre su origen. Se cubre, se protege. No te dice nada, ¿no? No es solamente eso, porque escuchando su música tampoco conseguirás ubicarla en el momento actual. Y entonces he aquí una característica que se nos repite en el conjunto escandinavo hasta ahora: la intemporalidad.

A pesar de esa intemporalidad, tiene presencia; pero eso no consigue alejarla de otro apelativo: intimista.

Lo que tenemos aquí es una joyita de la música escandinava, Agnes Obel. Con treinta y cinco años ya ha recibido varios premios por los, hasta ahora, dos álbumes: Philharmonics (2010) y Aventine (2013). Nacida en Dinamarca, ya desde pequeña bebió de las influencias familiares: un padre que coleccionaba instrumentos y una madre, pianista brillante a tiempo parcial.

Pequeña rebelde, siendo adolescente tomó parte en una película de bien galardonado director danés Thomas Vinterberg; a la edad de diecisiete años abandonó el gymnasium para buscar su camino en la música y el sonido. Sus padres querían que el jazz estuviese presente en su repertorio, tampoco aquello le encajó.

Y siguió avanzando. Cantante y pianista, además de compositora, reside en Berlín desde hace varios años. Quién sabe si su personalidad no era tan escandinava, no encajaba en la sociedad. Los datos son que vive bien acompañada de un caballero que, además, dirige y crea sus videoclips.

La música clásica fue su formación, y de ahí fue derivando en varias influencias como Erik Satie, Leonard Cohen, o John Cale. Esto y lo otro, mezclado con ese jazz intimista y más adorable, que al fin fue asimilando, Jan Johansson por ejemplo, fueron sus fuentes.

Ella desarrolla ese pop de cámara, reproduciendo una música que parece querer parar el tiempo. Cambiar de ciudad, a Berlín, con lo que eso conllevó: sin lazos y fuera de su zona de confort le llevó a expresarse componiendo y a recurrir a los pianos y órganos. Similitudes encontramos varias, entre ellas Damien Rice, Anna Calvi, Ane Brun o los primeros discos de José González, por decir algunos.

Querer beber de tantas fuentes y tan diversas quizá cree un distanciamiento de tu música respecto del momento en el que vives. ¿Serán las ansias de saber?, ¿Cuántas más influencias echas en tu saco musical mejor?, ¿Acaso podría ser esto un lastre para tomar una línea en un género; desmarcarte y ser único?

Contacto y frialdad, a partes iguales, acercándose con cuidado y un respeto máximo. Cada hilo de notas está medido y sigue una línea nada improvisada. Nos tememos que también esta artista tiene bien creada una imagen que mostrar, en cierta manera, un concepto.

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